martes, 13 de enero de 2009

Roentgen y los rayos X

Roentgen y los rayos X

El tubo de Crookes
Alrededor del año 1890, el físico inglés Crookes ideó su famoso tubo, con el que estudiaba el efecto calórico de los rayos catódicos. En 1894, otro físico, Lenard, demostró que los rayos catódicos pasaban a través de una delgada placa de aluminio, produciendo en el aire una fosforescencia de algunos milímetros.

Roentgen en acción
Estos experimentos llamaron la atención de otro físico alemán, Guillermo Roentgen, quien se propuso a su vez experimentar con el tubo de Crookes. Roentgen había nacido en Nennep (Alemania) el 27 de marzo de 1845. Educado en Holanda y más tarde en Suiza, demostró desde muy niño gran afición por las ciencias, especialmente la física y la química, llegando a doctorarse en la Universidad de Zurich. Más tarde fue profesor ayudante del célebre Kundt en la Universidad de Wurzburg (Baviera), y con posterioridad en la de Strasburgo. En 1879 es nombrado profesor de física y director del Instituto de Física de Giessen. En 1895 se hallaba desempeñando una cátedra de la misma materia en Wuzburg, cuando llegaron a su conocimientos las experiencias de Lenard.

Fotografía frustrada
En cierta ocasión Roentgen había tomado una fotografía y se dispuso a revelar la placa. Grande fue su asombro cuando vio que, al hacerlo, aparecía en ella, en vez de las imágenes fotografiadas, la sombra de una enorme llave. Puesto a investigar el caso comprobó que la llave en cuestión estaba colocada como marcador dentro de un libro, y que éste se encontraba en el laboratorio donde él hacía sus investigaciones. ¿Cómo era posible que la imagen de la llave hubiera atravesado las páginas y la cubierta del libro, la caja de cartón y el papel negro en que estaban envueltas las placas? ¿Sería un efecto desconocido de los rayos catódicos del tubo de Crookes?

Una luz porfiada
Lleno de curiosidad, y deduciendo ya cosas extraordinarias, comenzó Roentgen a observar con mayor empeño el efecto de los rayos catódicos. En una ocasión había colocado en un rincón del laboratorio una pantalla de platino-cianuro de bario. Y al poner en acción el tubo de Crookes observó que el cristal amarillo de la pantalla despedía una luz resplandeciente. No era sólo lo más extraño, sino que, si se interponían entre el tubo y la pantalla algunos objetos, como por ejemplo hojas de papel o de cartón, la luz persistía invariable. ¿Era que los rayos catódicos tenían la virtud de atravesar los objetos? Cubrió entonces con papel negro el tubo de Crookes, y la luz de la pantalla continuaba como si nada hubiera ocurrido. Ya no quedaba al investigador la menor duda. El tubo de Crookes irradiaba rayos desconocidos hasta entonces, que tenían esa propiedad, y a los que Roentgen puso el nombre de Rayos X , por su misteriosa cualidad.

Una foto extraordinaria
Varias eran las comprobaciones a que había llegado el investigador: la existencia de los rayos misteriosos, su facilidad para atravesar algunos cuerpos opacos, y la impresión a través de ellos de una placa fotográfica. ¿Atravesarían también los tejidos del cuerpo humano? Esta pregunta, cuya respuesta de ser afirmativa abriría maravillosos horizontes a la ciencia médica, hizo que se multiplicara su actividad. El experimentador expuso su mano a los rayos X frente a una pantalla y vio, con la consiguiente alegría, reflejados en ella los huesos del carpo y las falanges. Repetida la experiencia ante una placa fotográfica, aparecieron los huesos nítidamente recortados, en tanto los músculos marcaban una levísima sombra. Realizadas nuevas experiencias pudo comprobar Roentgen el poder extraordinario de los rayos X, pues atravesaban toda clase de cuerpos, menos el cuarzo, el espato de Islandia y el plomo. Con esto quedaba patente una de las aplicaciones más importantes que iban a tener los rayos X: facilitar el diagnóstico de muchas enfermedades mediante referencias visuales del interior del organismo. En noviembre de 1895 el sabio alemán comunicó su descubrimiento a la Sociedad Física Médica de Wurzburg, presentando las pruebas de sus experiencias. La noticia se divulgó rápidamente por todos los centros científicos del mundo y produjo una verdadera revolución. Un enorme número de investigadores se consagró desde entonces al estudio de los rayos X, y en muchas naciones se fundaron instituciones que adoptaron el nombre de "Sociedad Roentgen". En 1896 la Royal Society de Inglaterra otorgó a Roentgen la medalla Rumford, y en 1901 obtuvo también la recompensa más codiciada: el premio Nobel en Física.

El misterio se defiende
En el caso de Roentgen, como en muchos otros (el de los esposos Curie, por ejemplo, descubridores del radium), se demostró poco después que la naturaleza no permite, sin consecuencias a veces funestas, que se descubran sus profundos secretos. Con la experimentación frecuente de los rayos X se llegó a la comprobación de que su uso era sumamente peligroso. Producía quemaduras y fueron muchos los que llegaron a perder una mano, un brazo y también a contraer afecciones graves. Para evitar esos efectos se adoptó en los laboratorios donde se aplicaban rayos X el uso de delantales de plomo. Esta propiedad de los rayos X de destruir los tejidos hizo pensar a los hombres de ciencia que podrían utilizarse para usos terapéuticos, y se aplicaron desde entonces, con verdadero éxito, para la curación del cáncer, úlceras y diversas afecciones. Roentgen falleció en 1923.

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